EL ROSAL DE LA LIBERTAD
Colores…, colores en el suelo, colores a mi izquierda, colores a mi derecha, colores en todos lados. Mirase a donde mirase todo era de colores, las hojas de los árboles teñidas por los colores propios del otoño abundaban allí donde mi vista se posase. Y aquello me gustaba. El bosque eras más bonito en otoño, era la mejor época para visitarlo. Hacía tiempo yo solía hacerlo con mi mujer y mis hijos, para que ellos también lo disfrutasen y para que aprendiesen a respetar el bosque y a quererlo tanto como yo lo quería. Pero eso eran otros tiempos. Ahora yo ya no estaba de visita en el bosque, el bosque era mi hogar, mi refugio, mi protector, me daba cobijo, comida y escondite. Me permite pasar desapercibido, ser como un fantasma que solo aparece en las noches tormentosas, un susurro que pasa de boca en boca, o una palabra que la gente teme decir en alto.
Pero no vivo solo en el bosque, tengo compañeros, otros hombres que comparten mi suerte, gente para la que el bosque también es su hogar.
Pero no vivimos en el bosque por propia elección. Somos una especie de exiliados dentro de nuestro propio país. Hay ciertas circunstancias en las que una persona tiene que tomar decisiones muy difíciles. Y a mí y a mis compañeros nos tocó vivir una de esas situaciones en las que una elección te cambia la vida. Tuvimos que elegir entre resignarnos a nuestra suerte y ser encarcelados o fusilados por nuestras ideas políticas, o por lo contrario huir, abandonando nuestras familias y nuestros hogares y escondernos de nuestros perseguidores.
A alguien se le ocurrió que el mejor lugar para ocultarnos podría ser cualquiera de los montes que rodeaban el valle en el que vivíamos, y la verdad que fue una gran idea. Todos habíamos recorrido esos montes alguna vez en nuestra vida, ya fuese para ir a buscar leña, para cuidar del ganado o para recoger setas, y la mayoría conocíamos esos montes mejor que la palma de nuestra mano.
Así que huimos al monte. Al principio fue solo eso una huida, una manera de esquivar al destino, en los bosques del monte podíamos encontrar lo necesario para alimentarnos, y las cuevas , abundantes en aquellos parajes, nos servían de refugio en el que dormir y resguardarnos de la lluvia.
Pero el invierno se cernió sobre el valle y la comida empezó a escasear. Aquí fue cuando nos dimos cuenta de que si no hacíamos algo pronto moriríamos de hambre. Y la solución a este problema la tuvimos un día por casualidad.
Yo estaba con Evaristo, un antiguo diputado de la CNT que había tenido que huir del pueblo junto al resto, los dos llevábamos toda la tarde persiguiendo a un ciervo al que pretendíamos cazar con unas lanzas improvisadas que habíamos fabricado con unos palos que afilamos con nuestras navajas.
El ciervo se estaba acercando peligrosamente a las faldas del monte, a un lugar próximo a las casas mas alejadas del pueblo, nosotros acuciados por el hambre dejamos a un lado nuestro miedo a ser apresados para intentar cazarlo. Y lo conseguimos. Mientras estábamos pensando la manera de cómo transportar nuestra presa hasta la cueva en la que teníamos nuestro refugio, vi una hoja de periódico que se acercaba hacia nosotros arrastrada por el viento. La cogí con agilidad movido por la curiosidad, puesto que hacía tiempo que no leía un periódico, y me puse a leer los titulares.
En ellos se narraba el último golpe que habían perpetrado unos emboscados llamados “Juanín y Bedoya” que actuaban en la zona de Liébana.
Armados con fusiles de asalto habían entrado en un bar y le habían exigido al dueño que les diese algo de comer a cambio de dejarle con vida.
De esta manera a parte de conseguir los víveres necesarios para sobrevivir en el monte habían conseguido hacerse notar ante el gobierno y la guardia civil.
Y lo vi, vi que esa era la estrategia que nosotros deberíamos tomar.
Le comuniqué mi idea a mi compañero y volvimos al bosque en el que nos esperaban los demás.
A todos les pareció la mejor opción para abastecernos en el futuro así que urdimos un plan para conseguir armas. La mitad del grupo hablaría con sus familiares del pueblo y les pedirían armas de todo tipo desde cuchillos de caza hasta escopetas y otras armas de fuego, la otra mitad del grupo contactaría con nuestros camaradas que habían huido a Francia para que nos consiguiesen más armas y las trasladasen desde la frontera hasta una senda rural cercana a nuestro escondrijo.
Esperamos durante meses y finalmente nuestra paciencia dio frutos. Era el día señalado para la entrega, y el camión de nuestros amigos avanzaba a trompicones por el sendero cubierto por las primeras nieves del invierno. Nosotros aguardábamos ocultos entre la maleza del bosque, camuflados entre las sombras, como si fuésemos una parte más del bosque. Nuestros contactos hicieron la señal que debían hacer para que saliésemos del bosque, y nosotros ,obedientes, nos deslizamos sigilosamente hacia su posición. El intercambio se realizó de manera rápida y sin ningún incidente, y de la misma manera que habíamos abandonado la protección del bosque volvimos a sus acogedores brazos.
Al volver a nuestro campamento encontramos allí al resto de compañeros que habían descendido al pueblo para conseguir más armas. Pero no solo traían consigo armas sino también esperanza. En el pueblo habían visitado a algunos de nuestros familiares y ellos les habían entregado cartas que querían que recibiésemos.
Para mi había una carta. Era de mi esposa.
“ Querido esposo:
En estas fechas no puedo dejar de acordarme de ti. Cada vez que alguien llama a la puerta de casa tengo la inútil ilusión de que puedas ser tú, de que por fin los que te buscan hallan dejado de hacerlo y que la compasión, eso que tanto ruego que tengan contigo, les haya hecho olvidar el porque te odian, el porque tienen que perseguir a una persona solamente por pensar de manera diferente a ellos.
Pero no todo es tristeza porque hay algo que nunca me podrán quitar, tu recuerdo.
Cada vez que veo una hoja que cae de un árbol recuerdo el día en que te conocí, jugando en el bosque revolcándote entre las hojas, éramos solo unos chiquillos pero esa imagen tuya, lleno de felicidad nunca se escapará de mi mente.
Cada vez que oigo la lluvia golpeteando contra los cristales de nuestra casa recuerdo nuestro primer beso. Aquel día lluvioso en el que volviendo de la verbena tuvimos que refugiarnos en el bosque y fuimos a parar a aquella oscura cueva. Recuerdo que tenía mucho miedo y que tu conseguiste tranquilizarme con aquel beso.
Eso es lo que siempre me quedará de ti.
También quiero que sepas que espero un hijo tuyo, y que le educaré en los valores que tanto amaba su padre.
Ojala pudiese nacer en otros tiempos, otros tiempos más tranquilos en los que pudiese ser libre, y en los que nadie le mirase mal o le tratase diferente por ser hijo de quien es. Pero le tocará nacer en estos tiempos, y yo gastare cada segundo de mi vida en intentar que la suya sea la mejor posible.
Y estate tranquilo porque yo siempre le haré recordarte como lo que eres un hombre que fue víctima de las circunstancias pero que nunca abandonó sus ideales.
Un beso de tu esposa que te ama”
Las lagrimas surcaban mi rostro cuando terminé de leer la carta. Dentro de mí había un cúmulo de sensaciones contradictorias, pero aún así supe que debía continuar con mi lucha a toda costa y que contaba con el apoyo de mi esposa.
Me retiré a una parte del bosque alejada de nuestro campamento, era el lugar en el que estaba la cueva en la que di mi primer beso a mi mujer. Era un lugar especial para mi, y antes de la guerra solía retirarme allí cuando buscaba soledad o quería centrarme en mis pensamientos. Me sentaba en el suelo y recostaba mi espalda en un viejo árbol , el cual no sabría decir de que tipo era, pero cuyas hojas tenían forma de estrella. Para mi ese árbol siempre significó algo especial, el amor, la tranquilidad, la serenidad, y sobre manera me recordaba a mi mujer. Así que decidí meterme una de sus hojas en mi bolsillo y llevarla siempre conmigo para llevar allí donde fuese la presencia de mi amada, y una parte importante de mi vida.
El asalto a la taberna del pueblo comenzaba. Rompimos , tras varias patadas la puerta de la taberna, y encañonamos al tabernero, el cual a penas opuso resistencia.
Cargamos lo que nos dio en unos sacos de arpillera y cuando estábamos saliendo de allí un disparo rompió el gélido silencio de la noche.
Eran los guardias civiles, alguien debía haber dado el aviso, corrí como alma que lleva el diablo, y al saltar la cerca de una de las casas cercanas a la taberna noté como algo se me caía del bolsillo, era la hoja. Al tiempo que la hoja descendía hasta el suelo era acompañada por el cuerpo inerte de mi camarada Evaristo abatido por un disparo de la guardia civil.
No tenía tiempo de parar así que seguí corriendo, ansiando llegar al bosque que me ofertaba en su oscuridad la libertad.
Un guardia civil se agachó junto al cadáver del maqui que había sido abatido. El disparo le había atravesado el pecho, alcanzándole el corazón y matándole en el acto.
El guardia notaba algo raro en la escena pero no sabía que. Se fijó más y descubrió una hoja en forma de estrella unos metros más allá del cadáver.
Se extrañó ya que la forma de aquella hoja era inusual. Preguntó a un lugareño y este le contestó que esa hoja provenía de un árbol más viejo que el pueblo, que estaba en lo más profundo del bosque. El guardia comprendió que ese dato les llevaría hasta los maquis ocultos en el monte. Busco a alguien que le indicase el camino hasta ese árbol y comenzó el camino de ascensión hasta el bosque.
Mientras tanto en el bosque…
Estaba exhausto, aquella aventura había sido más peligrosa de lo que me había imaginado y por poco casi había perdido la vida en ella.
Recostado contra el viejo árbol no podía dejar de pensar en mi mujer. Sabía que me acabarían cazando y que ella tendría que sacar adelante a nuestro hijo, pero también sabía que era lo suficientemente fuerte como para conseguirlo.
De repente el sonido de una rama al partirse quebró el silencio.
Acostumbrado a los sonidos del bosque apenas le di importancia.
Fatal error. La primera bala me alcanzó en el hombro, y la segunda en el estómago. No tuve tiempo de levantarme ni de huir. Mientras me desangraba, mi vida paso por delante de mis ojos, aquel bosque había vivido junto a mi los momentos más importantes de mi vida, y también fue el espectador principal de mi muerte.
Lo había sido todo para mi y mi cuerpo alimentaria las raíces de aquel viejo y extraño árbol.
-Mama ¿Qué hace ese rosal a los pies de ese viejo árbol?.
-Cuenta la leyenda que es la sangre de un miliciano que cayó luchando por la libertad y que jamás deseó abandonar la libertad que le proporcionó este bosque.
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